Entonces hemos vuelto, de nuevo a la novedad innata de la escritura sin papel, donde las ideas que se vuelven vaporosas, como los tamales, si, los tamales, que se van cocinando a temperaturas muy suaves, que se ven cada vez más apetecibles, pero que a veces nos decepcionan al tratar de entenderlas, como cuando la digestión se vuelve nefasta y es necesaria una dosis de antiacido.
La escritura sin papel, que sea el origen y fin de las pesadillas diurnas, de los silencios incómodos, de las amarguras sin cuartel.
Qué escribir sea el refugio de los desesperados no es poca cosa, de hecho es el paso necesario para la inanición del escriba, el solitario tecleo de su maquina, en medio de un ruido azaroso de los otros por sobrevivir al fraude innato de la existencia, de lo que seriamos en un mundo que no se puede quejar de la existencia humana, que se absorbe y se veta, con el paso prohibitivo del buen o mal gobierno, que así sea entonces, el humo se alza en la olla de tamales mientras mis pasos se alejan venturosos con el atole de guayaba que Doña Martina me ha ofrecido.
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